Travesía “Del Desierto a las Yungas” (Argentina)

Artículo especial, lectura superior a 60″. Crónica de travesía con Fundación Proyungas

PARTE I: En la Quebrada de Humahuaca iniciando travesía

Estoy sentada frente al teclado, esta vez en la ciudad de Humahuaca, 132 Km al norte de San Salvador de Jujuy; estoy en la “Quebrada”, la famosa depresión de altura ubicada al norte de Argentina. En su valle corre el río Grande y también la Ruta Nacional 9, un camino por el que ascienden vehículos tal cual escarabajos mientras cruzan pueblitos de postal, con gente de pieles curtidas y cerros de colores mil veces fotografiados. Acabo de llegar en un colectivo regular desde la ciudad de Salta, son las siete de la mañana y en la confitería del “Solar de la Quebrada” escribo en forma rápida mientras tomo el primer té de coca del viaje, seguro no el último. Llegué atrasada por vuelo demorado en Buenos Aires pero a tiempo para encontrarme con quienes serán mis compañeros en la travesía de cinco días “Del Desierto a las Yungas” organizada por la Fundación Proyungas. Acabo de conocer en el desayuno a Fabiana y Varinia del diario La Nación, a Renzo y a “Puma”, el fotógrafo del grupo, ya conozco a “Nanu” y mi contacto en la Fundación, Avelina Brown.

Durante el recorrido cruzaremos la provincia de Jujuy desde su ambiente árido de puna a la humedad de su selva nubosa; tocaremos el punto de mayor altura del recorrido, el Abra de Zenta (4.600 m) y descenderemos gradualmente hasta llegar a Libertador General San Martín el próximo miércoles. Utilizaremos distintos medios de transporte, compartiremos ideas y probaremos el efecto de la altura en nuestros cuerpos. Pero lo más importante, nos zambulliremos para con suerte mimetizarnos con este ambiente remoto y muy poco conocido de Argentina.

Lo que vamos a realizar es una de las  7 Travesías de base comunitaria a cargo de pobladores locales que fueron organizadas con la ayuda de la Fundación. Las Yungas son selvas de montaña o bosques nublados que crecen en la ladera este de las cadenas montañosas de los Andes desde Colombia y Venezuela hasta Argentina. El norte de Argentina es su límite sur y desde Bolivia llegan a las provincias de Catamarca y se extienden por Salta, Jujuy y Tucumán. De más está decir que abarcan una enorme diversidad biológica y cultural. Proyungas contribuye con el desarrollo sostenible de esta ecorregión desde hace años y estoy entusiasmada con la invitación para ver los resultados hoy. Sé que ya están conformadas dos Asociaciones de pobladores locales quienes son los responsables de hacer conocer su lugar a los turistas que llegan a visitarlo, pero no sé mucho más ni quiero imaginarlo, quiero vivirlo y compartirlo. Mis compañeros ya me están esperando, miro el sol de altura por la ventana y en un rapto de lucidez, pienso en lo afortunada que soy.

PARTE II: En el Portal de las Yungas

“La comunicación es la respuesta” escucho en la canción “The things we do for love”. Regresé hace un par de días de la travesía por las yungas jujeñas y remolinea en mi cabeza esa palabra, comunicación. A pocos kilómetros de la ciudad de Humahuaca, nuestro punto de partida, los celulares quedaron sin señal y así se mantuvieron por tres días. ¿Había llegado el momento de la verdadera comunicación? ¿Aquella que sin aparatos mediante nos obligaba a observar con mas atención, a hablar y reírnos con otros, a escuchar el mundo real que está a nuestro alrededor y no el ficticio que suele estar en nuestras cabezas plagadas de sueños? Y para mí la intriga, ¿qué comunicarían las yungas y sus habitantes a una turista como yo?

La travesía “Del desierto a las Yungas” había comenzado, solo teníamos que cubrir alrededor de 400 km hasta llegar a Libertador General San Martín desde Humahuaca, sin embargo la línea que unía el punto de inicio y el de llegada estaba tan plagada de curvas, ascensos y caídas como de ventanas a paisajes diferentes. El primer día nuestro objetivo fue llegar al poblado de Santa Ana, ubicado a 3.333 m.s.n.m. en plena planicie de altura. Cargamos mochilas y subimos a nuestro medio de transporte, una combi un tanto desvencijada en la que nos llenamos de polvo en poco tiempo pero que nos dio excusa y anécdota para reírnos después. El día estaba claro y más claro todavía a medida que comenzamos a ascender la ruta 73 por un camino de cornisa. Teníamos que cruzar el Abra de Zenta a 4.610 m.s.n.m y descender hasta Santa Ana. El reto en este tramo para todos y cada uno era probar la resistencia del cuerpo que tendría un ingreso menor de oxígeno en la sangre debido a la altura.

Tengo la impresión de que las palabras por momentos eran pocas para ahorrar aire, los colores de la tierra eran mas tierra que nunca y el aire tan fresco que dolían los pulmones cada vez que respiraba en una parada. Estábamos en los pastizales de neblina, la parte más alta de las yungas, aquella cubierta de niebla gran parte del día, con pajonales y arbustos que me hicieron pensar por instantes que estaba en la estepa de Patagonia. Faltaba que apareciera una taruca (Hippocamlus antisensis), un ciervo similar al huemul del sur que habita en zonas escarpadas de la planicie, y creería que estaba alucinando. Pero no, su población es escasa y las probabilidades de verlo desde la ruta no eran las mejores. Varios de mis compañeros ya estaban concentrados en sus tareas, Renzo y el “Puma” miraban todo con ojo fotográfico y Fabiana tomaba notas mientras “Nanu”hacía todo lo posible por sortear los síntomas de un apunamiento que por suerte la descolocó solo el primer día. Yo miraba pasar a través de los vidrios como en una película muda los “cactus gigantes” del camino y algunos corrales construidos con pircas. Durante el trayecto cerré los ojos muchas veces para comenzar a sentir mas profundamente el ingreso a las yungas.

Susana en pastizales

Sobre mitad de la tarde llegamos a Santa Ana, sorteando una curva que dejaba ver desde lo alto el poblado de solo 500 habitantes. Cruzamos sus callecitas, algunas de piedra y otras de tierra para llegar al “Portal de las Yungas”, la casa de Gabriela y David, quienes nos recibieron en la puerta como si estuvieran esperándonos, a pesar de que no se habían enterado de nuestra llegada. Es que “en el pueblo hay un solo teléfono y quien lo atiende no siempre pasa los mensajes”, nos contaba Gabriela más tarde. Sin señal de Internet ni teléfono de línea quedé muy asombrada cuando escuché que recibieron 2.000 pasajeros el último año.

Gabriela respiraba entusiasmo y David sonreía mucho. Los dos eran grandes anfitriones, algo que ninguna escuela de turismo logra enseñar por completo. Empezaron en esta actividad “porque pasaban turistas y no tenían donde alojarse”, nos contaba David. Fueron construyendo habitaciones y agregando camas. Hoy el alojamiento tiene 5 habitaciones y 20 plazas, un comedor cerrado y baño compartido. Las instalaciones son básicas pero el lugar y sus dueños creaban la sensación de estar atravesando una “experiencia única” y natural que para mí valió más que los $50 p/p que costaba el alojamiento por noche. Ambos respondieron nuestras preguntas con gesto amable y nos permitieron disfrutar de su compañía. Gabriela contó con una gran sonrisa que formaba parte de una cooperativa de mujeres artesanas llamada Puya Puya, el nombre de una flor en la planicie que utilizan por sus beneficios en las vías respiratorias. Nos mostró sus mantas de colores fuertes bordadas a mano y vistió pollera con un lindo rebozo (especie de chal) para sacarse fotos con su esposo en el patio de la casa. En el fondo resaltaban las flores violetas y amarillas y unas llamativas patas de cabra que David secaba desde ahora para llevar a la Fiesta de la Pachamama (“Madre Tierra”), celebrada en Humahuaca cada 1º de Agosto. Cenamos un guiso-estofado de pollo y tomamos una sopa que, al menos en mi caso, me dio coraje para contar hasta diez antes de saltar después a un par de sábanas heladas.

David

El segundo día nos despertó con una niebla que cubría los cerros del valle y hasta una mula que comía flores frente a la casa y que desapareció en el instante en que fui a buscar mi cámara. Teníamos por delante una caminata de 8 horas por el Camino Inca – parte de los 6.000 km de caminos construidos por el Imperio Incaico – hasta llegar a la población de Valle Colorado. La niebla era espesa y David nos acercó en su vehículo hasta el lugar donde el sendero ya era solo para caminantes (Cortaderas) y la niebla se convertía en un compañero más. Desde allí partimos con nuestras mochilas en un trayecto de descenso continuo, en gran parte a través del segundo escalón de las yungas, el bosque montano, bajando más de 1.000 m en cinco horas.

El sendero no tenía desperdicio desde ningún punto de vista – natural o cultural – y las paradas fueron una constante. Estábamos inmersos en un espacio que mostraba la increíble diversidad biológica que tienen las yungas y recorríamos una valiosa ruta de comunicación entre las comunidades de Santa Ana y Valle Colorado. A medida que nos acércabamos a nuestro destino cruzábamos mas gente, incluido un hombre en moto que resbalaba en forma insistente en su ascenso, pero que parecía muy decidido a hacer el camino de esa forma. Después del desierto del día anterior tenía frente a mí una gran cantidad de árboles, muchos cubiertos de “barbas del diablo” cayendo desde las ramas, otros abrazados con enredaderas y algunos compartiendo piso con cactus gigantes; los musgos tapizaban troncos y piedras con un verde brillante; las bromelias se desprendían de las paredes de roca; muchas flores eran violetas, azuladas o amarillas y aparecían solas o en zonas abiertas entre los árboles. Y la niebla, siempre con nosotros, como en una película de suspenso al aire libre. Finalmente, en algún momento paramos a almorzar, nos divertimos con la organización de una cadena de producción ineficiente para cortar queso, tomate y una viandada y continuamos nuestra ruta hacia Valle Colorado, que desde lo lejos, hizo honor a su nombre.

Camino del Inca

PARTE III: En el Paraíso de las Yungas

Estábamos en Valle Colorado frente a la puerta de “El paraíso”, todos pensando en tomar un baño después de cinco horas de caminata en la humedad de las yungas. Miré dos veces el frente de la casa donde nos íbamos a alojar esa noche camino al poblado de San Francisco y la verdad dudé que encontrara algo parecido a un paraíso del otro lado, mientras hubiera agua caliente me conformaba. La puerta se abrió y apareció Zulema, la hija menor de Martina y Gregorio, a quienes conoceríamos más tarde. Zulema tenía un sombrero simpático que me hizo acordar a Jason Mraz cantando su más famosa y trillada canción. Cuando más tarde le pregunté si los jóvenes del pueblo usaban ese tipo de sombrero, sonrió y contestó “Es que estaba despeinada”. Era así de práctica la cuestión, ningún simbolismo cultural de por medio.

Valle Colorado

Antes de la cena hablamos con Martina y Gregorio, en especial Fabiana que resultó genial haciendo entrevistas. Nos contaron que hacía cinco años habían comenzado a recibir turistas en su casa porque se dieron cuenta que las personas que llegaban a Valle Colorado en viaje no tenían donde hospedarse. En parte reconocieron que fueron motivados por las capacitaciones de A.TU.CO.QUE (Asociación de Turismo Comunitario Las Queñoas), una organización que reúne servicios sencillos del corredor de Valle Grande-Santa Ana y poblados cercanos. Cuando Fabiana preguntó por el nombre del alojamiento, recibí una lección (una más en la vida), Gregorio contestó que el nombre lo había elegido porque “muchos turistas le decían que vivían en un paraíso“, y no pude más que pensar que también tuvieron el baño afuera, la ducha a leña, un comedor que parecía un pasillo y colchones que se hundían. Cuando terminamos la charla, la tarde había caído y hacía frío, todavía no estaba convencida de tomar un baño afuera pero mi piel transpirada y la necesidad de volver a sentirme una viajera antes que una simple turista pudieron más, conté uno, dos, tres, y caminé hacia la ducha. Después de cenar otro guiso estofado jugamos a las cartas hasta que Avelina, Renzo, Puma y Nanu iniciaron una ronda de truco que terminó…dos días después.

Por la mañana no muy temprano caminamos lento hacia la salida del pueblo. Teníamos que estar en Valle Grande antes de las tres de la tarde para alcanzar el colectivo regular que nos llevaría hasta San Franciso. Martina nos había dado indicaciones para tomar un atajo que resultó ser un sendero bellísimo que todos disfrutamos mucho. Puma no paraba de sacar fotos y yo quedé embelesada frente a unas rocas cubiertas de yaretas entre las que sobresalían unos cactus enanos formando un tapiz digno de una película de ciencia ficción.

1016929_549457968504515_7893112450252248840_n

Llegamos a Valle Grande a tiempo para comer unas empanadas antes de continuar viaje. El pueblo está ubicado a 1.800 msnm, y con solo 700 habitantes aún hoy sirve de paso cultural entre “las tierras altas y la selva”. El viaje en colectivo desde allí hasta San Francisco fue imperdible, no solo por el paisaje en escena frente a nosotros a cada instante sino por la inmersión con la gente local y su vida de todos los días. Tengo en mente una mezcla bizarra de colores, el amarillo de un rosario colgado en el espejo del conductor combinando o no con el bordó de las cortinas, el velo blanco de una monjita sentada delante mío y afuera el rojo ladrillo sumado a los verdes de las yungas. El primer tramo en ascenso nos ofreció vistas fabulosas de las montañas de Pampichuela; atravesamos quebradas y ríos con huellas de crecidas de épocas de lluvia mientras la gente subía y bajaba en los lugares más insólitos. En puntas rocosas que me dejaron sin aliento identifiqué numerosas manchas blancas inconfundibles, estábamos cruzando zona de cóndores. “Hay una condorera” se me ocurrió decir en un momento y mi palabra sonó tan absurda para un pasajero local que desde allí en más la repitió en forma graciosa más de una vez el resto del trayecto.

PARTE IV: Fin de la travesía 

Llegamos a San Francisco al atardecer y Lucy y Freddy nos estaban esperando en “Tía Carola”, el alojamiento en el que estaríamos las dos últimas noches de nuestra travesía. Tía Carola me pareció un bálsamo en las yungas y/pero encontramos la sorpresa de tener Internet nuevamente. Con la ayuda de Proyungas el pueblo hacía unos meses que ya estaba comunicado con el resto del mundo y encontramos a Lucy muy ocupada contestando correos y haciendo nuevos amigos en facebook. Nos contó más tarde que había llegado con su esposo de la ciudad de Ledesma hacía unos años atrás y estaba encantada con su nueva vida, “tenia dos opciones después de jubilarme, quedarme tejiendo en el telar o venir acá y tener la vida maravillosa que estamos teniendo” y agregó, “nosotros no necesitamos viajar, crecemos acá recibiendo gente”. Curioso, Gregorio también había mencionado algo similar en otras palabras. El alojamiento forma parte de A.TU.CO.QUE, tiene habitaciones confortables, buena cocina y hasta una pequeña selección de vinos, ni hablar del dulce de membrillo casero con quesillo, el postre que compartimos con Faby y Varinia.

Tía Carola

Al día siguiente conversamos con Victoria, una de las mujeres campesinas de San Francisco que elabora los dulces Nuboselva, integrantes de “Producto Yungas”, una marca de la Fundación que intenta reunir bajo una misma denominación de origen productos artesanales y sustentables que se desarrollen en esta región. Victoria nos mostró su cocina y su depósito y ninguno resistió la tentación de comprar dulces de cayote, tomate, higo o cítricos.

Lamentamos no haber tenido tiempo de hacer una cabalgata para llegar a las termas de Jordán, el atractivo mas importante en el área de San Francisco. Pero, para no perder el ritmo que traíamos desde el inicio de la aventura, Varinia, Nanu, Renzo y yo decidimos hacer un sendero de dos horas para llegar a una cascada cercana. Reímos y continuamos sacando fotos casi mimetizados con el ambiente de las yungas que ya no nos era tan desconocido. Esa noche bailamos folclore con las indicaciones de Lucy que incluso hizo que las mujeres vistiéramos una pollera larga encima de los pantalones de montaña con un resultado que prefiero no mostrar. La segunda parte de la clase estuvo a cargo de Renzo, quien no pudo negar sus raíces cordobesas y su facilidad para llevar el ritmo del cuarteto.

El último día descendimos hasta Libertador General San Martín atravesando el Parque Nacional Calilegua (PN Calilegua) que protege mas de 70.000 ha de yungas. Nos encontramos de nuevo con nuestra combi del primer día y cruzamos la selva pedemontana en dos horas con muchos silencios escuchando la música de Jorge Rojas de fondo, aunque Nanu insistía en que era de Abel Pintos. Quizá en parte estábamos cansados por la aventura, quizá atrapados por el espíritu de las yungas. Yo sentí que el lugar se había comunicado conmigo, en apariencia había logrado escucharlo.

Add Comment